Contra los Panegíricos del “No, Según qué Guerra”

Vladimir Putin, como buen sátrapa ruso, está haciendo ostentación de su gobierno despótico y aplicando sus ideales absolutistas contra la población de Ucrania. Las decisiones arbitrarias que le caracterizan evidencian, sin embargo, la debilidad, la credulidad y el ridículo sentido del “buenismo” que impera en la Unión Europea. La anexión forzosa y violenta de Ucrania camina por la vía del exterminio, pero los amigos del «No, Según qué Guerra», permanecen escondidos en las cloacas del falso pacifismo que le son propias.

La guerra y los enfrentamientos armados son actividades intrínsecas del ser humano. Por el contrario, la Paz, es un concepto creado por las mentes más evolucionadas socialmente. Su confusa concepción se une a la casi imposible aplicación y a la dificultad que entraña convertirla en un axioma global y permanente de forma voluntaria.

A pesar de lo expresado, la guerra, no debería ser utilizada por los mandatarios y ciudadanos en las relaciones humanas de forma caprichosa. Pero no cabe duda que se trata de la acción más habitual llevada a cabo por los dirigentes totalitarios y dictatoriales para someter a la población y adueñarse, de forma ilícita, de nuevos territorios que no le pertenecen. La invasión de Ucrania, ordenada por Vladimir Putin sin provocación directa previa, es el último ejemplo, pero no el único que se está desarrollando actualmente.

La totalidad de los conflictos armados que se encuentran hoy día activos por el mundo (entre diez y veinte según los últimos informes de 2021) tienen unas características similares. Los activistas o iniciadores de dichas guerras se amparan, se financian, o han mamado las doctrinas de la dictadura del proletariado de Marx y Hengel. Es decir, son hijos del comunismo bolchevique ruso. Su metodología siempre es la misma. Imposición de un estatus militarista, totalitario y dictatorial con el que conseguir el dominio y control absoluto de la población afectada, así como de su territorio. 

Los falsos pacifistas del «No Según qué Guerra» permanecen silentes en las cavernas de la complicidad contra la agresión rusa con el pueblo ucraniano. Su ideología sectaria les impide pisar la calle para protestar por las agresiones bélicas unilaterales que su principal valedor, amigo, y exKGB comunista, Vladimir Putin, está llevando a cabo en Ucrania.

Durante la eufemística “Guerra Fría”, el régimen comunista de la URSS puso en marcha un proyecto de desestabilización de los países considerados liberales y capitalistas. Aquellas naciones con capacidad nuclear fueron los principales objetivos, pero no los únicos.  Para lograrlo, entre otras medidas, el gobierno rojo inició un plan de adoctrinamiento y financiación de miles de estudiantes, grupos sociales y de presión, asociaciones, sindicatos y partidos políticos, por todo el mundo.

Apoyo ruso que no ha cesado tras la caída, entre 1990 y 1991, del gobierno bolchevique de la URSS, hasta nuestros días. Iniciativa que impulsó la aparición y permanencia de una ingente mayoría de movimientos pacifistas, ecologistas, y grupos supuestamente humanistas, que vienen luchando desde entonces ¡únicamente contra los ideales occidentales y la OTAN!

El espíritu traicionero de la clase dirigente de nuestro país nunca tuvo reparos, ni tiene, en traicionar o cambiar de opinión, o de bando según le convenga en cada momento. De este modo, Felipe González pasó del grito «OTAN, de Entrada NO», para contentar al amigo ruso, a enviar fuerzas armadas no profesionales del antiguo servicio militar obligatorio a la Primera Guerra del Golfo, después de germinar la entrada de España en la OTAN.

Convertidos en «Soldados del Amor» por el gobierno socialista fueron gratamente animados a luchar con los ritmos y contoneos de una patriótica Marta Sánchez, su grupo Olé Olé  y, sobre todo, de la inestimable ayuda publicitaria de RTVE y el grupo PRISA. Los grupos pacifistas, antinucleares y ecologistas de España se quedaron en casa bien muditos para no molestar al gobierno socialista.

Para desgracia de la humanidad, cuando Isaac Newton afirmó que «los hombres construimos muchos muros, pero pocos puentes…», tenía toda la razón. Con la actual invasión rusa de Ucrania, los amigos del «No, Según qué Guerra» se encuentran en una disyuntiva difícil de ocultar. Otro presidente socialista, Pedro Sánchez, desea fervientemente ser protagonista de una guerra que oculte o justifique la caída en picado de la economía española y el desmantelamiento del Estado de Derecho y de las Instituciones Nacionales.

Contra José María Aznar, los amigos del «No a la Guerra» carecieron de escrúpulos a la hora de lanzar críticas o insultos contra las decisiones del gobierno popular. Llegaron a tildar de «asesino» al presidente Aznar por enviar cascos azules en ayuda humanitaria y de interposición de seguridad a Irak “una vez finalizada” la contienda armada. Pero hoy tenemos otro gobierno socialista, y el agresor es ruso, aunque no se sepa a ciencia cierta si continúa siendo bolchevique, comunista, capi-comunista, imperialista, o sencillamente totalitario «putinista”, tiene licencia de corso de los pacifistas y amigos del «No a la Guerra».

Podemos, persevera en disimular su apoyo a Putin y a la invasión rusa mediante la utilización de absurdos eufemismos que nada significan. Los morados, forman parte del gobierno y, por lo tanto, son partícipes de las decisiones del mismo por mucho que se esfuercen en ocultarlo. De cara a los escasos votantes que les queda lanzan a los cuatro vientos banales consignas, supuestamente en defensa de la paz y del dialogo. Eso sí, son expresiones abstractas, sin lamento sincero por la invasión rusa a Ucrania.

Tampoco ha salido de las filas moradas una sola llamada de atención, ni petición imperativa, para que Vladimir Putin cese en su pretensión imperialista o del exterminio del pueblo ucraniano. Por el contrario, los dirigentes de Podemos y los ministros afines de Pedro Sánchez, actúan más como colaboradores propagandistas al servicio de Putin que contrarios a la guerra iniciada por el amigo ruso. 

Como era de esperar el voluble presidente Pedro Sánchez, ha vuelto a llegar tarde al concierto internacional. En cuestión de horas, ha pasado de una quimérica firmeza contra Vladimir Putin, cuando afirmaba que la invasión rusa no se produciría nunca, a remitir un escueto remanente de armas al gobierno de Ucrania. En medio de estas dos decisiones, tampoco no tuvo reparo en lanzar su particular mensaje de “No a la Guerra” disfrazado de paupérrimo envío de ayuda humanitaria y de material de protección personal.

Bajo una falsa retórica del “pacifismo armado y selectivo” la desvergüenza de los amigos del «No, Según qué Guerra», ha pasado de la utilización publicitaria de la invasión llevada a cabo por actores comunistas en España y capitalistas en el resto del mundo, como Javier Bardem, a las cobardes soflamas del jefe de Podemos en la sombra, Pablo Iglesias, y su propuesta de rendición incondicional para que la población ucraniana no tenga que luchar con «escopetas de caza contra profesionales» de la guerra. 

Tampoco les va a la zaga la ridícula justificación de la invasión dentro de un «nuevo zarismo», propuesto por el ministro Alberto Garzón, y diligentemente copiado por Barden. Cualquier absurdo mensaje es válido para defender la ignominia del amigo Vladimir Putin. Para no tener que hacer referencia al comunismo ni a Rusia como únicos culpables de la invasión. Otra indigna acción propagandística al ser servicio de Putin. Para estos innobles servidores públicos, lo mejor que puede hacer la población de Ucrania es  convertirse en esclavos de Putin, o morir en el intento por mantener su libertad nacional y personal.

El escritor romano de finales del siglo IV dC, Vegecio, escribió en el libro III de su obra Epítoma Rei Militaris, que «Igitur qui desiderat pacem praeparet bellum», esta imperiosa llamada a mantenerse armado «si realmente» se desea la paz viene perfectamente a colación en estos momentos. A la caída de la antigua URSS, Ucrania, era la tercera potencia nuclear del mundo. Las presiones políticas y el éxito de una falsa promesa de no agresión, llevaron a esta antigua república comunista a desmantelar dicho arsenal. De haberse mantenido firme en la máxima de Vegecio como, por otro lado hace la propia Rusia, Putin, no hubiera actuado tan a la ligera en su deseo de anexión de una Ucrania democrática y libre por la vía de la imposición armada.

¿Supone esto que la guerra es la única solución? Indudablemente no. Pero mientras existan líderes políticos, y los falsos pacifistas seguidores de estos, que actúen sin escrúpulos, contra la vida, la convivencia humana y la libertad, mantener un ejército profesional con un material bélico de última generación parece ser la única vía eficaz como parapeto intimidatorio contra los dictadores imperialistas y sus acólitos seguidores bajo las banderas sectarias del «No Según qué Guerra».

Después, indudablemente deberían llegar las conversaciones, los acuerdos, el amiguismo, la solidaridad, la colaboración, la comprensión, los cánticos, las alabanzas, los abrazos y las risas, pero no antes. Lanzar al viento un «No a la Guerra» en medio del huracán provocado, al tiempo que se reciben las treinta monedas de la traición, es una ignominia aún mayor que la llevada a cabo por los agresores directos. Esta es la situación actual provocada por el dictador ruso, Putin, en Ucrania, y no otra diferente.

El Papa Juan Pablo II manifestó en su día que «La Paz exige cuatro condiciones esenciales: Verdad, justicia, amor y libertad». Vladimir Putin con su intervención en Ucrania, sistemáticamente ha fulminado de un plumazo todas y cada una de las locuciones enunciadas por el Santo Padre. Mientras tanto, los amigos del falsario y traicionero pacifismo del «No según qué Guerra», justifican, amparan, o directamente ayudan al sátrapa ruso. El resto de actuaciones teatrales, lanzamiento de consignas manipuladas o acciones banales propuestas, únicamente forman parte de la retórica política centrada en los titulares de prensa típica de la extrema izquierda en todo el mundo.

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